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Esta página recogerá los trabajos de aquellos colaboradores y lectores que manifiesten su interés en hacer una aportación personal al contenido de Caravaneros. Entre ellos destaca Carlos Bruscas, por su muy estimable y continuada participación.

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LEONARD COHEN
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Melancolía, tristeza, intimismo y, a la vez, sutileza, seducción, belleza y elegancia. Estos calificativos podrían aplicarse a la música de Leonard Cohen, cantante, compositor y poeta canadiense que supo fusionar con maestría la poesía con el folk y el pop.

Nació en Montreal, en 1934, en el seno de una familia judía. Durante su juventud se dedicó a la poesía, con cierto éxito, hasta que decidió iniciarse en el mundo de la música. En esta faceta, triunfó claramente con magníficos discos cuyos textos hacían referencia al amor, el desamor, la belleza, la condición humana, la depresión, la muerte, la sexualidad o la política. Este logro se vio refrendado con múltiples reconocimientos: Salón de la Fama del Rock’n’Roll, Príncipe de Asturias o Doctor Honoris Causa por diversas Universidades, entre los más reseñables. De igual modo, se ganó la consideración de múltiples músicos contemporáneos e influyó en artistas posteriores como Jeff Buckley, Nick Cave, Lloyd Cole o Enrique Morente en su enigmático disco Omega, por ejemplo. Si bien, su trayectoria vital no siempre fue fácil ya que, en ocasiones, se vio sumido en la depresión o en la pelea contra el alcohol y las drogas.

En 1967, decidió publicar su primer disco llamado Songs of Leonard Cohen. Apareció al margen de las modas musicales del momento, en plena efervescencia de la psicodelia y del movimiento hippie. Fue presentado con una portada muy sencilla en la que solo aparecía el rostro del autor y que hacía prever su sobrio contenido. En este sentido, aportaba una serie de canciones cortas, tristes e intimistas y, en todas ellas, primaba la simpleza de su guitarra acompañada por su voz grave y rota. En él, ya se incluían dos de sus canciones más célebres y recordadas: Suzanne que ya había triunfado en la voz de Judy Collins y So Long, Marianne. También, otras que pasaron a formar parte de su repertorio más selecto: Sisters of Mercy o Hey, That’s No Way to Say Goodbye. El resto de los temas mantenían un nivel alto. Probablemente, estemos ante su trabajo más emblemático por su calidad y por lo rupturista que fue en aquella época. En cualquier caso, todo un clásico.

Los dos siguientes álbumes: Songs from a Room (1969) y Songs of Love and Hate (1971) fueron una perfecta continuidad del anterior, siguiendo con el mismo concepto, mensaje y línea de austeridad musical. Quizás, pudieron resultar menos impactantes pero aportaron a la historia de la música contemporánea una magnífica colección de temas que no están al alcance de cualquier artista: The Partisan (cantada en inglés y francés), Bird on the Wire, Lady Midnight, Famous Blue Raincoat o Joan of Arc. De este modo, cerró una excepcional trilogía que englobaba gran parte de sus canciones más aplaudidas y que retrataba al Leonard Cohen más genuino.

En New Skin for the Old Ceremony (1974) acabó con el sonido desnudo de su obra previa, al incorporar coros femeninos y una mayor instrumentación (mandolinas, violas, banjos e instrumentos de viento y de percusión). Dentro de una calidad general, destacaba la canción Chelsea Hotel 2 en la que hacía referencia a una aventura amorosa en dicho hotel con Janis Joplin, según cuenta la leyenda. También, incorporaba otros cortes brillantes como Who by Fire, Is this what you Wanted, Why don’t you Try, There is a War o la pegadiza Lover Lover Lover. Como dato añadido, este trabajo se publicó con una provocadora carátula, que no pasó desapercibida, en la que aparecían dos ángeles en una posición comprometida. El resultado final fue un magnífico y recomendable álbum.

El material de esta brillante etapa quedó condensado en Greatest Hits (1974), un disco habitual en la discografía de múltiples melómanos. Su portada podría reflejar perfectamente la personalidad y obra del artista, con ese aspecto difuminado, distante y misterioso. En general, no son recomendables las recopilaciones por carecer de homogeneidad en su contenido, pero este caso puede ser la excepción ya que todas las canciones están cortadas por un similar patrón y ninguna desmerece.

Sin embargo, esta trayectoria se quebró con el polémico Death of a Ladies’ Man (1977). Se trató de una aventura de riesgo que desconcertó a sus seguidores. El motivo fue que lo produjo el excéntrico y egocéntrico Phil Spector con su famoso “sonido del muro”, dotándolo de su habitual sonoridad recargada y alejándolo del estilo minimalista de Leonard Cohen. De tal modo que aquí encontramos a un Leonard Cohen irreconocible debido a que la instrumentación se sobrepone a su voz, dejándola en un segundo plano y, en consecuencia, provocando la pérdida de esencia y del carácter distintivo de su música. Que cada uno juzgue por sí mismo. No obstante, se pueden salvar ciertos temas como True Love Leaves No Traces, Jodine, Memories o Death of a Ladies’ Man.

Afortunadamente, Recents Songs (1979) representó la vuelta a sus raíces. Si bien, esta obra se vio enriquecida con una mayor presencia instrumental (violín, cello, laúd árabe, trompeta, saxo, oboe, acordeón y guitarrón) y con la aportación vocal de Jennifer Warnes. Aún careciendo de canciones famosas que hayan podido pasar al repertorio más representativo de este autor, logró un bonito trabajo con piezas de enorme belleza como The Guests, The Window, The Smokey Life o The Gypsy’s Wife. No faltó el toque hispano en The Lost Canadian (Un Canadien Errant) y Ballad of the Absent Mare para darle una pincelada más exótica.

Sin perder sus señas de identidad, con Various Positions (1984) inició un nuevo periodo caracterizado por la incorporación de sintetizadores, por la presencia de más arreglos musicales y por la persistencia en sus habituales coros femeninos (Jennifer Warnes). En este brillante trabajo sobresalían dos temas emblemáticos: Dance Me to the End of Love y Hallelujah que aún tuvo mayor repercusión con la voz de Jeff Buckley en su maravilloso álbum Grace (1994).

Esta nueva tendencia se hizo todavía más patente con I’m Your Man (1988), un disco que le proporcionó un enorme éxito y la posibilidad de volver a ponerle en el candelero musical. De este modo y sin renunciar a su personal manera de cantar, modernizó su sonido con profusión de sintetizadores y consiguió un perfecto disco de pop con toques tecno (synthpop). En su conjunto, fue su obra más elaborada en cuanto a riqueza instrumental. En este caso, el refuerzo vocal estaba a cargo de Jennifer Warnes y Anjani Thomas. Aportaba un catálogo de fantásticos temas confeccionados con exquisito gusto como: First We Take Manhattan, Everybody Knows, Tower of Song, Ain’t No Cure for Love, I Can’t Forget o I’m your Man. Incluso, hizo un homenaje a su admirado Federico García Lorca en Take this Waltz. En suma, de principio a fin, estamos ante un excepcional disco.

Siguiendo la estela conceptual de I’m your Man, aunque con un tono más intimista, Leonard Cohen elaboró The Future (1992) en plena madurez musical. No contenía temas de destacada fama pero resultó muy completo en cuanto a belleza y prestancia de sus canciones. Como curiosidad, incluía el único tema instrumental de su carrera: Tacoma Trailer. La consecuencia fue este espléndido y aconsejable álbum que obtuvo muy buena valoración por parte de la crítica y del público.

A partir de aquí, hizo un largo receso en el que cambió la música por la espiritualidad. De tal modo que se retiró a un monasterio budista. Esta decisión le costó cara ya que durante este periodo su representante, al parecer, le vació su cuenta corriente dejándolo prácticamente arruinado. Esto le obligó a hacer giras a una edad avanzada para reponer sus finanzas.

Tras este parón de casi una década, publicó Ten New Songs (2001). En este caso, disminuyó el protagonismo de su sonido tecno pop y, para lo sucesivo, inició una serie de discos que tenían una hechura similar, con canciones en las que predominaban los medios tiempos y en las que Leonard Cohen recitaba, con su habitual distinción, ayudado por coros femeninos. En este caso, logró un buen y agradable álbum en el que, especialmente, destacó el tema In my Secret Life que cantaba junto a Sharon Robinson.

Prosiguió en la misma línea estilística de su predecesor y publicó Dear Heather (2004). Sin destacar ninguna canción en especial, logró otro brillante disco lleno de sentimiento. En esta ocasión, narraba más que cantaba y estaba arropado por las sugerentes voces de Sharon Robinson y Anjani Thomas. De manera inusual, sorprendió con un toque country en Nightingale y en el único tema en directo del álbum: Tennessee Waltz.

Años más tarde y sin abandonar la senda trazada en los dos anteriores trabajos, editó Old Ideas (2012) con un contenido más místico y más desnudo de instrumentación. Esta vez se rodeó de coros más prolíficos (Sharon Robinson, Jennifer Warnes, The Webb Sisters y Dana Glover) que engalanaban sobremanera sus melodías. Globalmente fue un trabajo muy variado y, a su tradicional estilo, adjuntó aproximaciones al blues (Darkness) y a lo espiritual (Amen). En suma, logró una magnífica y amena obra que tuvo excelentes críticas.

Coincidiendo con sus 80 años presentó Popular Problems (2014). A esa edad cabe pensar que es difícil mantener un buen nivel y aportar algo que sorprenda. Además, había puesto el listón alto con Old Ideas. Sin embargo, lejos de acomodarse, se superó y mantuvo la magia y su capacidad de emocionar. En este álbum destacó el tema Almost Like the Blues (marca de la casa) y caminó por las cercanías del blues (Slow y My Oh My), del soul (A Street), del gospel (Samson in New Orleans), del country (Did I Ever Love You) o de la música étnica (Nevermind). En definitiva, con este heterogéneo y admirable álbum volvió a ganarse a los críticos musicales y a sus seguidores. Parecía un disco perfecto para despedirse pero aún guardaba una última bala en la recámara.

Leonard Cohen murió el 7 de noviembre de 2016 en los Angeles, a la edad de 82 años, dejando su obra póstuma You Want It Darkner (2016). Hasta su carátula negra hacía presagiar su contenido lúgubre ya que en su interior acondicionó una atmósfera espiritual y mística como pudo comprobarse en su primer corte, You Want It Darker, donde el propio Cohen repetía I’m Ready My Lord y en el que sobre un potente bajo añadió el coro de una sinagoga de Montreal que bien podría remedar a un acompañamiento fúnebre. El resto de las canciones no decaían en su valor musical y mantenían ese ambiente de calma, de tristeza y, a su vez, de exquisitez y de elegancia. Debido a sus limitaciones físicas, más que cantar susurraba pero poco importaba ya que esa carencia la suplió con coros femeninos y con excelentes arreglos musicales. De otro modo, Leonard Cohen no había conseguido premios estrictamente musicales y con la canción que daba título a este álbum ganó su primer Grammy. Esta obra se convirtió en su sobresaliente testamento, sabedor de que se despedía de este mundo, tal y como ocurrió con el genial David Bowie en su magistral Blackstar o con el maestro Johnny Cash en sus últimos discos.

Por otra parte, Leonard Cohen ha publicado numerosos trabajos en directo: Live Songs (1973), Cohen Live (1994), Field Commander Cohen: Tour of 1979 (2001), Live at the Isle of Wight 1970 (2009), Songs from the Road (2010), Live in Dublin (2014) o Leonard Cohen Can’t Forget (2015). Aunque sea difícil elegir uno, personalmente me quedaría con Live in London (2009), un álbum doble en el que hizo un repaso exquisito a lo más granado de su repertorio, enriquecido por el toque mediterráneo y exótico que infundió la bandurria y el laúd del zaragozano Javier Mas.

Al margen de Greatest Hits (1974), ya reseñado anteriormente, existen otros recopilatorios más amplios como More Best of Leonard Cohen (1997) o The Essential Leonard Cohen (2002) (doble).

En suma, no puedo terminar de otra manera que reconociendo a Leonard Cohen como uno de los más grandes cantoautores modernos, capaz de compaginar humildad, talento y elegancia. En mi opinión, su legado musical puede tocar fácilmente la sensibilidad del oyente y se hace extensible a un público de muy diversa condición. Por todo ello, ocupa un lugar destacado en la historia de la música contemporánea. Finalmente, quien lo haya visto en directo habrá podido constatar que nadie se ha quitado el sombrero con tanta elegancia para presentar sus respetos a la audiencia.

bruscas; 13-04-18

NA - 105
QUICKSILVER MESSENGER SERVICE
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El movimiento hippie surgió en 1967 en San Francisco, siendo su epicentro la zona de Haight-Ashbury. Entre sus señas de identidad se puede mencionar la rebelión contra lo establecido o contracultura. De igual modo, el impulso del pacifismo y del antibelicismo, baste recordar que en ese momento la juventud norteamericana estaba inmersa en plena guerra de Vietnam. El rechazo generacional a todo lo anterior y la búsqueda de nuevas formas de vida también quedaría reflejado en una particular estética del cuerpo (pelo largo, grandes bigotes o cintas y flores en el pelo) y de la moda (camisas holgadas con colores llamativos, chalecos con flecos, pantalones de campana o gafas de sol), hasta llegar a nuevos hábitos y formas de relaciones sociales (consumo de drogas, amor libre y el auge de las comunas en el campo o en las casas victorianas de Haight-Ashbury). Inevitablemente, la música no quedó indemne a esta tendencia psicodélica. De hecho, el uso de la drogas estaría en la base de las composiciones y actuaciones de muchos de los grupos de este movimiento. Finalmente, sin olvidar que en la vieja Europa los Beatles habían hecho su particular aportación musical y artística con el mítico Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, fue en las costas del Pacífico donde el movimiento hippie alcanzó su punto culminante con el llamado “verano del amor” de 1967.

Quicksilver Messenger Service fue una banda que formó parte de esta tendencia musical que algunos también denominaron rock ácido. Tuvo una meritoria carrera musical pero no gozó de la fama de otros músicos coetáneos de la costa oeste de EEUU como Jefferson Airplane, Grateful Dead, The Doors, The Jimi Hendrix Experience, Big Brother and the Holding Company, Love, Santana, Buffalo Springfield o The Byrds, por ejemplo. En consecuencia, podría integrarse en el conjunto de formaciones menos reconocidas en este contexto: Moby Grape, Country Joe and the Fish, It’s a Beautiful Day, The Beau Brummels, The Youngbloods, Iron Butterfly, Electric Prunes, Spirit, Blue Cheer o The United States of America. Quizás, esto podría entenderse teniendo en cuenta que sus directos resultaban apasionantes y cautivadores pero luego no eran capaces de trasladar esa magia a sus discos de estudio que, en definitiva, no enganchaban en la misma medida.

En 1965, Dino Valenti (cantante y guitarra) ideó la creación de Quicksilver Messenger Service pero no pudo participar en sus tres primeros trabajos al estar detenido por consumo de drogas. Por tanto, inicialmente la banda estuvo integrada por John Cipollina (guitarra), Gary Duncan (guitarra), David Freiberg (bajo), Jim Murray (cantante y armónica), Casey Sonoban (batería) y, fugazmente, Alexander Skip Spence (cantante). En sus primeros años de existencia y hasta la grabación de su primer trabajo fueron ganando prestigio gracias a actuaciones en directo en lugares de renombre como: Avalon Ballroom, The Fillmore Auditorium o Monterey International Pop Festival.

Posteriormente, ficharon por Capitol y publicaron su álbum homónimo Quicksilver Messenger Service (1968) con alguna variación entre sus integrantes, ya que Alexander Skip Spence y Jim Murray habían abandonado la banda y el baterista Greg Elmore suplió al anterior. Aunque habían perdido la esencia del sonido que ofrecían en vivo, éste disco fue un digno ejemplo del llamado rock ácido. Sobresalía claramente la canción Pride of Man pero también tenían interés la instrumental Gold and Silver y The Fool, en las que se evidenciaba la destreza de sus dos guitarristas. Este trabajo se complementaba correctamente con el resto de los temas: Light your Windows, Dino’s Song y It’s Been too Long.

Sin variaciones entre sus componentes, Quicksilver Messenger Service reconsideró la situación y respondió con Happy Trails (1969), un directo fruto de sus actuaciones en el Fillmore West y el Fillmore East. En este caso, huyeron de las canciones cortas y aportaron temas más extensos en los que abundaba la improvisación dentro de un fondo psicodélico, con algún ingrediente de blues y country. En concreto, en la cara A del disco aparecía una apasionante y magnífica sucesión de seis partes del Who Do You Love de Bo Diddley en la que tenía un especial protagonismo el buen hacer de los guitarristas John Cipollina y Gary Duncan. En la cara B destacaba otra excelente revisión de la canción Mona de Bo Diddley y el sorprendente tema Calvary que tenía un toque hispano. Además, este contenido venía presentado por su original portada en la que se representaba a un jinete galopando. En general, esta obra está considerada como su mejor aportación musical y como un disco de culto de la música que se hizo en aquella época en San Francisco.

Acto seguido, el guitarrista Gary Duncan dejó la formación y fue sustituido por el pianista Nicky Hopkins (integrante ocasional de los Rolling Stones, entre otros) para su siguiente entrega: Shady Groove (1969). Este cambio radical se notó al alejarse del rock ácido y de la pomposidad de Happy Trails. De hecho, entraron en un terreno más melancólico en el que tendían al sinfonismo con ingredientes de pop, jazz y blues. El álbum tuvo cierto éxito pero desconcertó y defraudó a parte de sus seguidores al apartarse de sus estilos habituales.

Para lo sucesivo, ya pudo ingresar Dino Valenti y, a su vez, retornó Gary Duncan. Pero esta añorada incorporación, curiosamente, inició una etapa de grabaciones con menor valor y reconocimiento. El primer ejemplo de ello fue Just for Love (1970). Aquí, la omnipresencia vocal y musical de Valenti condicionó un nuevo sonido enfocado hacia el pop/ folk acomodado. Incluyó el sencillo que mayor éxito les proporcionó en su carrera, Fresh Air, pero no fue suficiente para que tuviera una acogida entusiasta.

Le siguió What about Me (1970) y, en cierto modo, hicieron innovaciones en su sonoridad ya que, en algunos pasajes, había una mayor presencia de instrumentos de viento que podían recordar, puntualmente, a los Doobie Brothers o a los Blood, Sweat and Tears. Si bien, podría considerarse como una obra de relevancia menor en su discografía.

Sorprendentemente, sin Cipollina, Hopkins y Freiberg, editaron el álbum más respetable de este periodo: Quicksilver (1971). Éste, despertó un mayor entusiasmo gracias a una serie de canciones, de corte pop/ folk, sencillas y agradables de escuchar: Hope, Fire Brothers o Don’t Cry my Lady Love. En suma, derivó en un correcto trabajo al estilo y semejanza de la personalidad musical de Dino Valenti.

Continuaron con el amable y alegre Comin’ Thru (1972) en el que añadieron el órgano y volvieron a los instrumentos de viento (trompeta, trombón y saxofón). Todo ello, le confirió un sonido más negro que nunca, con cierta querencia hacia el soul. A pesar de no tener buenas críticas y de no ser la música convencional de Quicksilver Messenger Service, puede tener cierto atractivo. Tras la conclusión de este trabajo disolvieron oficialmente la banda.

No obstante, la nostalgia les hizo reunirse de nuevo con su formación de gala (John Cipollina, Gary Duncan, Dino Valenti, David Freiberg y Greg Elmore) para grabar Solid Silver (1975). En este trabajo hicieron una amalgama de pop, rock y folk y, probablemente, su canción más sobresaliente fuese Cowboy on the Rain. Globalmente, fue un aceptable y heterogéneo disco que no pudo devolverles a sus momentos de máximo esplendor.

De otro modo, este grupo tiene abundante material en directo. De ellos, Live at the Avalon Ballroom, San Francisco 1966 (2008), Live at The Fillmore, San Francisco 1967 (2008) y Live at the Carousel Ballroom 1968 (2008) pueden ser interesantes documentos que captaron su poderío y hechizo en directo.

Finalmente, Anthology (1973) fue un recopilatorio que contenía lo esencial de esta banda que merece la pena ser rescatada del olvido.

bruscas; 02-02-18

NA - 104
JEFF BECK
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Como en cualquier otra faceta de la vida, existen músicos que, siendo buenos o no, se promocionan bien y otros que, teniendo una categoría reconocida entre sus compañeros de profesión pasan más desapercibidos a nivel general. Entre éstos últimos, se encuentra el mítico guitarrista británico Jeff Beck.

Nacido en 1944, comenzó su carrera musical en 1965 tocando en The Yardbirds, una emblemática banda de blues/rock por la que también pasó la élite de los guitarristas británicos: Eric Clapton y Jimmy Page. Ahí, participó en destacables discos: Having a Rave Up, Roger the Engineer o Over under Sideways Down. Merecidamente, Clapton y Page están en el olimpo de los grandes músicos contemporáneos. Mientras, Beck permanece en el olvido, salvo para los conocedores de su obra. En este sentido, no ha alcanzado las cuotas de popularidad de míticos guitarristas de la historia del rock, como los ya mencionados o Jimi Hendrix, ni ha tenido la suerte de formar parte de grupos legendarios tipo Led Zeppelin. Por tanto, sirvan estas líneas para reivindicar su figura y talento.

En 1967, decidió iniciar su carrera en solitario y organizó The Jeff Beck Group junto a excelentes músicos que en aquella época no eran tan famosos (Rod Stewart, Ron Wood y Nicky Hopkins). Con esta formación publicó Truth (1968), un asombroso álbum de presentación que tuvo que competir con la cosecha de grandes discos de ese año: Electric Ladyland de Jimi Hendrix, White Album de The Beatles, Beggars Banquet de The Rolling Stones, White Light, White Heat de The Velvet Underground, Wheels of Fire de Cream, The Kinks are the Village Green Preservation Society de The Kinks, Astral Weeks de Van Morrison, John Wesley Harding de Bob Dylan, The Notorious Byrd Brothers de The Byrds, Child is Father to the Man de Blood, Sweat and Tears, Bookends de Simon & Garfunkel, The Dock of the Bay de Otis Redding, Traffic de Traffic, Cheap Thrills de Janis Joplin, Music from Big Pink de The Band, Sweetheart of the Rodeo de The Byrds, Ogden's Nut Gone Flake de Small Faces, S.F. Sorrow de Pretty Things, Odessey and Oracle de The Zombies, Music in a Doll’s House de Family, Steppenwolf de Steppenwolf o Vincebus Eruptum de Blue Cher.

Volviendo a Truth, además del espectacular y novedoso trabajo de guitarra de Jeff Beck, toda la obra se vio enriquecida por la personal voz rota de Rod Stewart que, en aquel momento, se adaptaba perfectamente a este proyecto. De principio a fin, se podía disfrutar de una mezcla de rock y blues. Aunque, para muchos, este álbum sentó las bases del hard rock/heavy metal y fue la chispa que inspiró el sonido Led Zeppelin (escúchese Let me Love You, You Shook Me, Rock my Plimsoul o I Ain’t Supersitious, por ejemplo). Al margen de estas consideraciones, en especial, se podría destacar la potente versión del I Ain’t Supersitious de Willie Dixon y el instrumental Beck’s Bolero en el que intervinieron los futuros Led Zeppelin: Jimmy Page, John Paul Jones y Keith Moon. En consecuencia, estamos ante uno de los discos debutantes más influyentes del rock.

En la misma línea conceptual e instrumental y con similar formación, salvo en la batería, publicó Beck-Ola (1969). En general, poseía un sonido algo más contundente que Truth. Como curiosidad, incluía dos originales y enérgicas versiones de clásicos de Elvis Presley: All Shook Up y Jailhouse Rock. En definitiva, resultó otro excepcional trabajo que complementaba perfectamente al anterior, dejando para la posteridad dos álbumes básicos en la evolución del rock. Un año después, Rod Stewart y Ron Wood se fueron para formar otro soberbio grupo: Faces. No olvidemos magníficas aportaciones de esta formación como Long Player o A Nod is as Good as a Wink...to a Blind Horse.

Ante esta coyuntura, reformó su banda con músicos de menor renombre para entregar Rough and Ready (1971). Tuvo una discreta acogida pero mantenía su dosis de interés. Aquí, se alejó algo de su sonido convencional y, en algunos pasajes, se apreciaba un cierto acercamiento hacia la música negra. Con los mismos integrantes grabó Jeff Beck Group (1972) que aportaba una sonoridad próxima al precedente pero con algún tema de mayor peso como Sugar Cane o Going Down. Esta aventura duró poco y, demostrando su carácter inquieto, deshizo Jeff Beck Group para formar un trío, al estilo Cream, junto a Tim Bogert y Carmine Appice. Con ellos, publicó Beck, Bogert & Appice (1973) y Beck, Bogert & Appice Live (1973). El interesante álbum de estudio incluía una versión más heavy del Superstition de Stevie Wonder que iba acorde con el sonido duro de otros cortes.

Evidenciando un espíritu inconformista y arriesgado, desmontó el trío e hizo un giro radical en su carrera ya que se adentró en el jazz/rock. Para ello, reclutó a George Martin (productor de los Beatles) con la intención de hacerse cargo de su nuevo proyecto: Blow by Blow (1975). El resultado podría calificarse como un sobresaliente disco instrumental de jazz/rock. Obtuvo muy buenas críticas y, para muchos, es considerado su mejor trabajo de esta etapa dedicada a esta variante musical. Mención especial, requiere la brillante y original versión que hizo del She’s a Woman de los Beatles.

Siguiendo con el mismo productor y con la incorporación del teclista Jan Hammer, editó Wired (1976). De este modo, logró otro magnífico trabajo instrumental de jazz/rock con alguna incursión en el terreno del funk. Tal y como ocurrió en Blow by Blow, volvió a hacer otro alarde técnico, demostrando su versatilidad y genialidad para tocar la guitarra eléctrica. Acto seguido, se implicó de lleno con Jan Hammer y realizó una gira, fruto de la cual surgió el mediocre y, a veces, soporífero directo Jeff Beck with the Jan Hammer Group Live (1977). En él, recurrió a temas de sus dos anteriores álbumes.

Tras un descanso, retornó con There and Back (1980). De nuevo, contó con la participación de Jan Hammer y prosiguió en la línea de Blow by Blow y Wired, aunque con una menor notoriedad que éstos. Reapareció con Flash (1985), un trabajo menor y heterogéneo en concordancia con su desafortunada portada. Aunque, contenía la canción People Get Ready que le proporcionó un considerable éxito. En concreto, se trató de una adaptación del tema de Curtis Mayfield & The Impressions cantada por Rod Stewart.

Años más tarde, publicó Jeff Beck’s Guitar Shop (1989). La crítica musical lo juzgó bien y le permitió recuperar cierto crédito perdido. Agrupaba un compendio de canciones, la mayoría instrumentales, fundamentalmente basadas en el sonido jazz/rock pero con algún ingrediente de funk, heavy o reggae. En su conjunto, le conferían una calidad global y le dotaban de una escucha amena y variada. Aunque no tenga el renombre de otros álbumes destacados en el texto, considero que puede formar parte de la obra notable de Jeff Beck.

A partir de aquí, publicó Who Else! (1999), You Had it Coming (2001), Jeff (2003), Emotion & Commotion (2010) y Loud Hailer (2016). Estos discos han pasado más desapercibidos, si bien han tenido su dosis de calidad y pueden seguir deleitando a sus incondicionales. En algunos de ellos, mostrando su afán por experimentar, ha recurrido a la electrónica y, por tanto, se ha alejado de la sonoridad que encandiló en otras grabaciones ya ensalzadas previamente. Por otra parte, en los últimos años, sigue ofreciendo conciertos cargados de honestidad y profesionalidad.

Inevitablemente y como ocurre con cualquier otro autor, existen múltiples recopilaciones. De entre ellas, puede recomendarse Beckology (3 CD) (1991) por ser la más completa, ya que incluye canciones de su periodo con los Yardbirds, con Jeff Beck Group, con Bogert/Appice y en solitario.

En definitiva, estamos ante un privilegiado guitarrista que ha sabido moverse con acierto y sabiduría en los terrenos del blues/rock, del jazz/rock, del hard rock y del rock instrumental. Para muchos, ha sido uno de los pioneros del hard rock y del heavy metal. Además, se ha ganado el respeto de otros ilustres guitarristas coetáneos: Eric Clapton, Jimmy Page o Jimi Hendrix. Incluso, se comentó que los Rolling quisieron hacerse con sus servicios tras la salida de Mick Taylor. De igual modo, se especuló que los Pink Floyd quisieron reclutarlo en sustitución de Syd Barrett. Por último, se habla de su influencia en posteriores guitarristas del rock como: Jimmy Page, Stevie Ray Vaughan, Joe Satriani, Steve Vai, Eddie Van Halen, Slash, Steve Perry, Lenny Kravitz o Pat Metheny, por ejemplo.

bruscas; 01-12-17

NA - 103
THE GET DOWN
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En 1994, la primera vez que estuve en New York por razones de trabajo, me quedé sorprendidísimo de dos cosas muy relacionadas. En la mayoría de los locales y tiendas de la calle 40 hacia abajo, lo que más se oía era música hip hop, en sus diversas variables. Y en las maravillosas tiendas de discos, donde pasé horas buscando cds con música de Caravana inencontrable en España e incluso en Inglaterra o Francia, había más espacio para el hip hop que para los oldies, el country y no digamos el folk. Me compré algún cd, que en España jamás hubiera adquirido y poco a poco el hip hop fue ocupando un espacio en mis gustos musicales.

Es sabido que a muchos amantes de la música juvenil y desde luego a mucho seguidor de Caravana/Vuelo 605, el hip hop es un estilo de música que les gusta poco o nada. Pero siendo mínimamente objetivos, si es que en el ámbito de la música y del arte en general se puede ser objetivo, el hip hop ha sido una revolución de gran alcance y ha influido a buena parte de la música de los últimos 35 años y no digamos a la música realizada por artistas norteamericanos de etnia negra.

El hip hop fue surgiendo a finales de los años 70 en los barrios periféricos de New York, con mayoría negra y latinoamerican. Desde el inicial rap se fue diversificando en varias direcciones, con vínculos con el hard rock, el jazz, la música electrónica, el punk, la música garaje…. Y por supuesto marcó en buena medida la evolución del soul, el rhythm and blues, el funk y la música disco.

El hip hop puede considerarse una eclosión creativa juvenil que alcanzó, además de la musica, al baile con el breakdance, a la pintura y las formas de comunicación con la proliferación de los grafitis. El hip hop, inicialmente una respuesta de la calle de jóvenes marginados social y culturalmente, con el paso de los años se convirtió en un movimiento artístico reconocido, los músicos de hip hop grabaron y vendieron muchos discos incluyendo con discográficas tradicionales, sus conciertos eran multitudinarios, los grafitis se empezaron a considerar obras de arte…

La música hip hop comenzó a aparecer en películas y series de televisión. Directores negros como Spike Lee han incluido en muchas de sus bandas sonoras canciones hip hop. En la película “Moonlight”, que tanto éxito tuvo en los últimos meses, el hip hop es omnipresente.

De esta manera una música que en sus primeros tiempos estuvo marginada por las discográficas, por las emisoras de radio y canales de televisión, hoy día tiene una destacada presencia en las listas de éxito norteamericanas compitiendo con el country o la “americana”.

Con este amplio preámbulo, entro en el motivo de esta colaboración en nuestra wiki, que es llamar la atención sobre una serie de Televisión (Netflix), “THE GET DOWN” y a la vez lamentar su inexplicable supresión por su productora después de tan solo 11 capítulos.

Las razones que ha dado Netflix para no rodar más capítulos ha sido las audiencias menores de las esperadas y el altísimo coste de la serie.

Lo de las audiencias me resulta inexplicable. Es una serie que aborda los orígenes del hip hop, en un momento musical de estancamiento de la música de origen negro o latino, con la música disco blanqueando la música de baile nacida en los años 50 y 60 con el rhythm and blues, el soul, el funk o con los discos de la Tamla Motown, repitiendo formulas muy poco innovadoras. Contextualizando social, política y cultural el marco en que se produce la emergencia de esa nueva expresión musical y cultural, con unos barrios marginados, con el abandono por parte de los poderes públicos, con la invasión de la droga, las mafias, la violencia policial y de las diversas tribus urbanas, con la manipulación de sectas religiosas, con operaciones de especulación urbanística, con una brutal exclusión educativa y de igualdad de oportunidades para los jóvenes negros y latinos, con promesas incumplidas por parte de los políticos blancos o los engaños de políticos surgidos en los propios barrios marginados.

Es una serie que por tanto va mezclando música, la trama personal de los protagonistas y la situación sociopolítica de aquellos años. Combinando escenas rodadas hoy día con secuencias de archivo, como las impactantes imágenes de los saqueos masivos durante el apagón general de New York o la muestra de vagones de metro absolutamente pintados con grafitis por dentro y por fuera. También resulta muy atractivo la inclusión a partir del capítulo 7 dibujos animados que dinamizan la historia.

En el plano estrictamente musical hay un derroche de información, con una banda sonora extraordinaria que incluye salsa, soul, jazz, rhythm and blues, música disco, rock, pop. Hay potentísimas escenas de baile en discotecas o de conciertos al aire libre, como también son impactantes las referencias al tráfico de drogas o los esfuerzos de chicos y chicas por liberarse del control paterno.

En la serie aparecen personajes que fueron reales como el alcalde de New York en aquella época, Ed Koch, un político que basó sus tres mandatos en una dura política de “ley y orden”; el productor musical Robert Stigwood o los músicos África Bambaataa, Grandmaster Flash, DJ Kool Herc. Por su parte Nas, uno de los mejores y famosos raperos, pone la voz en los raps que interpreta en la serie su protagonista principal.

En el último capítulo la serie termina de una forma un tanto precipitada, dejando sin cerrar tramas de varios personajes importantes.

En definitiva, una serie muy interesante y entretenida, con muchos medios técnicos a su disposición, empezando por el propio director del primer capítulo el conocido cineasta Bob Luhrmann, que recomiendo no perderse. (Esta en Netflix y en la red).

rockyboy; 18-06-17

NA - 102
PINK FLOYD
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Pink Floyd

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The dark side of the moon

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Wish you were here

Pink Floyd forma parte de la élite más selecta de músicos del rock, por su excelsa obra y su enorme influencia en artistas posteriores. Aunque desarrollaron una identidad musical propia, en general, se movieron entre el rock psicodélico, el sinfónico y el progresivo.

El grupo estaba compuesto por Syd Barrett (voz y guitarra), Roger Waters (voz y bajo), Richard Wright (voz y teclados) y Nick Mason (batería). Más tarde, Syd Barret fue sustituido por David Gilmour (voz y guitarra). Al parecer, se denominaron Pink Floyd en honor a sus admirados músicos de blues Pink Anderson y Floyd Council.

En 1966, comenzaron su andadura musical y, poco a poco, fueron adquiriendo protagonismo, a nivel local, gracias a sus actuaciones en directo. Debutaron con el espléndido The Piper at the Gates of Dawn (1967) en el que Syd Barrett llevaba el peso de la composición y del liderazgo. Este trabajo se movió en el terreno de la psicodelia que era la música que comenzaba a imponerse en ese momento. No olvidemos que es el año del Sgt. Pepper’s de los Beatles. No obstante, al fondo psicodélico añadían el toque personal de la música de Pink Floyd que la hacía diferente a lo que se había escuchado con anterioridad en el rock: una base de guitarras, teclados y “voces lejanas” que trasportaba a un ambiente onírico y cósmico, con repentinas e incisivas incursiones de las propias guitarras, del bajo y de la batería. En definitiva, lo que algunos denominaron como rock espacial. Ejemplo de ello, fueron los magníficos temas Astronomy Domine, Lucifer Sam, Matilda Mother, Interstellar Overdrive, The Gnome o la selvática Pow R. Tog H (con pinceladas jazzísticas). Este álbum recibió excelentes críticas, aunque no se reflejó en las listas de éxito, y se convirtió en uno de los referentes de la música psicodélica británica. Tras su publicación, incluyeron a David Gilmour en su formación debido a los desvaríos mentales de Syd Barrett, derivados de su adicción lisérgica, que le hacían perder relevancia en la banda.

Siguiendo una similar línea conceptual, apareció A Saucerful of Secrets (1968). En este trabajo, Syd Barret tuvo una mínima participación (Jugband Blues). Globalmente, bajó algo el nivel de su predecesor y carecía de su efecto novedoso. Por tanto, suele tener una menor consideración. No obstante, disponía de temas interesantes como: Let There Be More Light, Set the Control for the Heart of the Sun o Remember Day. En definitiva, podría calificarse como un buen álbum de corte psicodélico. Aquí, acabó el recorrido de Pink Floyd por la psicodelia y el rock espacial.

Su música no pasó desapercibida para el director de cine Barbet Schroeder que les encargó la banda sonora de la película Music from the Film More de la surgió un discreto álbum, More (1969), que contenía una serie de canciones cortas y, en su mayoría, más acústicas de lo habitual.

Acto seguido, publicaron un extraño y controvertido doble álbum que tenía una parte en directo y otra en estudio: Ummagumma (1969). En el directo hicieron un brillante repaso de sus principales temas que reflejaba la magia y el oficio de los Pink Floyd en vivo. De otro modo, la parte grabada en estudio incluía canciones nuevas con tendencia hacia el rock progresivo y experimental. Ésta, resultó irregular, plomiza y de tediosa audición. Quizás debido a que inicialmente el peso de la composición lo llevó Syd Barrett y aquí intentaron componer cada uno por su lado. Todo ello, pudo condicionar el carácter anárquico de este disco.

Su siguiente aportación fue Atom Heart Mother (1970) con su famosa y, a la vez, simplista portada en la que aparecía una vaca en un prado mirando al objetivo en el momento de la foto. Se trató de una obra mucho más pretenciosa que Ummagumma, con exuberancia de orquestaciones como podía constatarse en la grandilocuente y magnífica canción que daba título al álbum, de casi 24 minutos de duración. En consecuencia, se alejaron de la psicodelia y se adentraron en el rock sinfónico y progresivo, especialmente en este tema. Las restantes canciones bajaron algo la calidad global pero, tan solo por este primer corte, este álbum merece ser incluido entre la discografía notable de Pink Floyd. Por primera vez en su carrera, con este disco alcanzaron el número uno en el Reino Unido.

Meddle (1971) fue un excepcional trabajo de transición que abonó perfectamente el terreno de sus posteriores obras maestras. Comenzaba con una brillante canción (One of these Days), tenía momentos melódicos (A Pillow of Winds, Fearless o San Tropez) e, incluso, incluía una tímida aproximación al blues (Seamus). Aunque, merecía una mención especial la épica Echoes que, a lo largo de sus magníficos e intrigantes 23 minutos, fue diseñando el mágico y personal sonido que inmortalizaría a Pink Floyd en la historia de la música con canciones prolongadas y muy elaboradas que creaban paisajes sonoros etéreos e hipnóticos. En ocasiones, este disco no es muy conocido o no se ensalza mucho. Esta situación puede ser errónea e injusta, ya que considero que está muy próximo a la obra más relevante y recomendable de este grupo.

Prosiguieron con una banda sonora para otra película de Barbet Schroeder: Obscured by Clouds (1972). En este caso, abundaban las canciones cortas enfocadas hacia el rock progresivo. Conviene precisar, en último término, que este trabajo suele pasar bastante desapercibido pero tiene su grado de interés.

En 1973, alcanzaron el punto culminante de su carrera musical con The Dark Side of the Moon. Este álbum siempre ha entrado en las quinielas sobre los mejores discos del rock. Se grabó en los estudios Abbey Road de Londres y, curiosamente, su productor fue el mismo que el del Abbey Road de los Beatles, un tal Alan Parsons. De entrada, cabía reseñar su icónica portada que hacía referencia a un prisma triangular reflectando la luz. En su contenido insistían en el concepto del rock sinfónico y progresivo pero arriesgando en cuanto a complejidad, virtuosismo y sofisticación. De este modo, no copiaban a nadie ya que no sonaban a nada anteriormente grabado. En concreto, constaba de nueve canciones muy trabajadas y con una gran riqueza instrumental, rozando el perfeccionismo sonoro. Todo ello, estaba aderezado con voces cálidas, exquisitos coros femeninos, sintetizadores, solos de saxofón y efectos especiales (latidos, ruidos de monedas, cajas registradoras, alarmas, relojes, despertadores o helicópteros). Uno de sus cortes más célebres fue Money que, curiosamente y debido a su contundencia, se apartaba del tono intimista del conjunto del disco. El resto poseía una excepcional calidad general; si bien, merecían destacarse los temas Time, The Great Gig in the Sky y Us and Them que derrochaban sensibilidad e incluían fantásticos solos de guitarra (Time). Tuvo un enorme éxito de ventas y llegó al número uno en Estados Unidos y al dos en el Reino Unido, batiendo todos los récords de permanencia en las listas de éxito hasta ese momento. En definitiva, este trabajo les permitió encontrar su sonido definitivo y les colocó en el “Olimpo de los dioses” de la música moderna.

Habían puesto el listón muy alto pero pudieron crear otro memorable disco: Wish You Were Here (1975). Estaba dedicado al antiguo fundador del grupo, Syd Barrett, que definitivamente había caído en las garras de las drogas y de los psiquiátricos. En este sentido, su título era muy ilustrativo: “Ojalá estuvieras aquí”. También, fue grabado en los estudios Abbey Road y, en este caso, lo presentaron con otra portada recordada de la iconografía del rock en la que aparecían dos hombres dándose la mano y uno de ellos ardiendo. En mi opinión, este enigmático disco puede capturar al oyente de principio a fin. Tan solo contenía cinco extensas y elaboradas canciones, más reposadas que en The Dark Side of the Moon, que mantenían la seña de identidad característica de Pink Floyd. Buen ejemplo de ello fueron: Shine on You Crazy Diamond, Welcome to the Machine, Have a Cigar (con la voz de Roy Harper) y Whish You Were Here. En ciertos ámbitos, lo colocan un peldaño por debajo de su predecesor pero esto es opinable. The Dark Side of the Moon puede tener más mérito por la novedad que supuso su genial y poco convencional sonido pero, personalmente, les concedo la misma consideración en cuanto a valía y capacidad de disfrute. Finalmente, consiguieron colocar esta obra maestra en el número uno en EEUU y el Reino Unido.

Su siguiente entrega fue Animals (1977), envuelta por otra curiosa carátula: un cerdo volando entre las chimeneas de una fábrica. Más que en otras ocasiones, su mensaje va dirigido hacia la crítica social y política. El disco comenzaba y finalizaba de manera acústica y tranquila. Mientras, las canciones intermedias (Dogs, Pigs y Sheep) poseían magníficos solos de guitarra tocados con una mayor contundencia que en sus dos álbumes precedentes, pero sin llegar a la estridencia. Especialmente, en Sheep en la que el alarde de guitarra de David Gilmour la convierte en algo realmente deslumbrante y sobrecogedor. En definitiva, tenía un sonido más rítmico pero igualmente cautivador. Por último, intuyo que con Animals puede pasar lo mismo que con Meddle, que no se les da la importancia oportuna. Y, aunque su grado de excelencia puede estar un poco por debajo de The Dark Side of the Moon y de Wish You Where Here, en mi opinión, estamos ante un excepcional disco.

Volvieron a recuperar su genialidad con el magnífico The Wall (1979). Fue un doble álbum conceptual y redundante, mayoritariamente ideado y controlado por Roger Waters que, en este momento, se había hecho el dueño del grupo. También, tenía un componente de crítica, en especial, sobre la guerra y la educación infantil. En esta variopinta obra aplicaron una mezcolanza del sonido exhibido en sus tres discos anteriores. Es decir, puro estilo Pink Floyd. Inevitablemente, sobresalía la canción Another Brick in the Wall (Part 2) que llegó a alcanzar el número uno en EEUU y en el Reino Unido. De igual modo, podrían ser dignos de destacarse otros brillantes temas como: In the Flesh?, Hey You, Comfortably Numb o Run Like Hell. Por el contrario, se podían escuchar algunos cortes de menor nivel que propiciaban que, desde una visión global, The Wall no llegara al grado de perfección de The Dark Side of the Moon y de Wish You Where Here pero, en cualquier caso, se aproximaba. El álbum se vendió bien, recibió buenas críticas y se alzó al número uno en EEUU. Finalmente, Alan Parker realizó en 1982 una película al respecto, protagonizada por Bob Geldof.

A partir de aquí, hicieron álbumes de menor entidad. Prueba de ello fue el pobre The Final Cut (1983), ya sin Richard Wright que había abandonado el grupo o, quizás, había sido invitado a hacerlo por parte del egocéntrico Roger Waters. De hecho, éste vuelve a llevar el mando en esta sosa grabación que parecía hecha por puro compromiso o capricho. Fue un triste final para una banda tan grande. Su fracaso desencadenó las desavenencias entre sus componentes y, en consecuencia, la disolución del grupo. A pesar de ello, logró el número uno en Reino Unido, circunstancia que, curiosamente, no pudieron alcanzar ni con The Wall ni con The Dark Side of the Moon.

Sorprendentemente, años más tarde, Gilmour, Mason y Wright reflotaron el grupo. Lo hicieron sin Roger Waters, debido a los problemas legales entre él y el resto de los integrantes por la propiedad de la marca Pink Floyd. De este modo, bajo la batuta de David Gilmour, publicaron A Momentary Lapse of Reason (1987). Mejoró algo respecto a The Final Cut, aunque no lo suficiente. Apenas recordaba los estupendos discos de antaño y sonaba a música acomodada. De él, salió un sencillo de éxito: Learning to Fly.

Varios años después, volvieron a la carga, también sin Waters, con el discreto The Division Bell (1994) (número uno en EEUU y Reino Unido). En momentos puntuales, evocaba un poco al sonido típico de Pink Floyd. De igual modo, lo hicieron con el decepcionante The Endless River (2014) (número uno en el Reino Unido), sin Richard Wright que había muerto en 2008. Ambos, no aportaron nada en especial a su obra anterior y sorprende que obtuvieran semejante rédito. ¿Por el efecto nostálgico?.

Por otra parte, al margen de Ummmagumma, existen más álbumes en directo: Delicate Sound of Thunder (1988), Pulse (1995) (número uno en EEUU y el Reino Unido) y Is There Anybody Out There? . The Wall Live 1980-1981 (2000), aunque considero que la música tan preciosista de Pink Floyd quizás sea mejor disfrutarla en sus discos de estudio.

De igual modo, existen varios recopilatorios de Pink Floyd. En este sentido, no creo que sea lo más aconsejable optar por ellos debido a la heterogeneidad de su obra y al carácter conceptual de muchos de sus trabajos.

Por último, de la trayectoria individual de los integrantes de Pink Floyd, puede decirse que los más prolíficos han sido David Gilmour y Roger Waters. Curiosamente, han tenido una escasa repercusión a pesar de su grandeza y de su descomunal aportación a la carrera de Pink Floyd. Del mismo modo, ni Nick Mason, ni Richard Wright han tenido fortuna en sus obras en solitario. Por otra parte, el resto de la formación ayudó a Syd Barrett en dos aceptables trabajos: The Madcap Laughs (1970) y Barrett (1970).

En conclusión, estamos ante una de las bandas más importantes, visionarias e innovadoras del rock que ha dejado para la posteridad un gran disco de rock psicodélico: The Piper at the Gates of Dawn y tres legendarios y atemporales álbumes que se acercaron a la perfección sonora como: The Dark Side of the Moon, Wish You Where Here y The Wall.

bruscas; 28-04-17

NA - 101
CAMEL
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Camel fue una banda británica de rock sinfónico/ progresivo. En este sentido, es difícil precisar dónde acaba el rock sinfónico y dónde empieza el progresivo o viceversa. Aunque, creo que esta disquisición carece de importancia cuando predomina la calidad de una obra. Este grupo ha formado parte del elenco de grandes formaciones, cada una con su propia idiosincrasia, pertenecientes a esta tendencia musical: Moody Blues, Procul Harum, Pink Floyd, Genesis, Yes, The Nice, Emerson, Lake & Palmer, Caravan, Soft Machine, Barclay James Harvest, Focus, Gentle Giant, King Crimson, Jethro Tull, Alan Parsons, Electric Light Orchestra o Mike Oldfield, entre otros. Pero es curioso que Camel no ha gozado de la misma fama que la mayoría de las bandas mencionadas, permaneciendo en un segundo plano. Incluso, no aparece reseñada en ciertas enciclopedias de prestigio dedicadas al rock. En mi opinión, supone un craso error y una grave injusticia.

A partir de 1964, Camel comenzó a forjarse a través de diferentes formaciones precursoras y de escasa relevancia y, en 1971, tomó su nombre definitivo con los siguientes integrantes: Andrew Latimer (líder, voz, guitarra y flauta), Peter Bardens (teclados), Doug Ferguson (bajo) y Andy Ward (batería). Como es habitual en el rock progresivo, su música era una amalgama de estilos. En el caso que nos ocupa, hicieron una mezcla esencialmente de rock, pop y jazz-rock, con algunas aportaciones de música clásica y electrónica. Con estos ingredientes consiguieron un sonido elegante, limpio y sin las estridencias y fastuosidades de otros grupos coetáneos (Yes o Emerson, Lake & Palmer, por ejemplo).

Debutaron con un disco homónimo: Camel (1972), grabado en MCA Records. Resultó un tanto heterogéneo y carente del sentido conceptual de sus trabajos más relevantes. Por otra parte, estaba más próximo al rock progresivo que al sinfonismo de sus dos obras posteriores. Se intuía que aún no habían definido su estilo característico. Esto no impide reconocer que aportara algunos temas interesantes como Slow Yourself Down o Never Let Go y otros que ya perfilaban su sonido futuro como Mystic Queen. Lamentablemente, este aceptable trabajo apenas tuvo reconocimiento y éxito comercial.

Para relanzar su carrera ficharon por Decca y editaron Mirage (1974). De entrada, llamaba la atención su portada con el famoso camello que recordaba al que aparecía en una cajetilla de tabaco. Sin duda, pasó a formar parte de las carátulas famosas del rock por su originalidad. En su contenido había abundancia de teclados y flautas, junto a delicadas y virtuosas guitarras que propiciaban un ambiente intimista en muchos pasajes. Todo ello, le daba, en ocasiones, un toque más sinfónico y jazzístico que a su trabajo anterior. Dentro una enorme calidad general, destacaban temas contundentes (Freefall), magníficas canciones de corte más pausado (Supertwister o la suite Nimrodel/ The Procession/ The White Rider) y otras a mitad de camino entre ambos conceptos (Lady Fantasy). En consecuencia, lograron un gran disco que definía a la perfección el sonido personal de Camel. Además, les permitió mejorar sus ventas y ganar prestigio. En suma, estamos ante un clásico de la discografía de Camel y del rock.

Prosiguieron con una obra maestra de carácter conceptual: The Snow Goose (1975), basada en la novela del escritor Paul Gallico. En su conjunto, crearon un álbum plácido, melódico, rico en matices y más próximo al rock sinfónico que cualquier otro trabajo de Camel. Estaba conformado por dieciséis maravillosas canciones que eran cortas de duración y estrictamente instrumentales. Su valía y exquisitez se podría constatar en joyas como: The Snow Goose, Rhayader, Rhayader Goes to Town, Migration, Flight of the Snow Goose, Dunkirk o La Princesse Perdue. De este modo, consiguieron el aplauso de la crítica y de sus admiradores y alcanzaron su cumbre musical. En este sentido, posiblemente sea el mejor disco de toda su carrera y uno de los más importantes de la historia del rock sinfónico.

Le siguió otro excepcional álbum: Moonmadness (1976). A diferencia de The Snow Goose sus canciones eran más largas y no fue íntegramente instrumental, acercándose, en mayor medida, al rock progresivo. Tuvo una excelente aceptación, fácilmente entendible ya que incorporaba magníficos temas como Song Within a Song, Chord Change o Lunar Sea. En definitiva, crearon otro clásico para enriquecer la enciclopedia del rock progresivo. Finalmente, creo que Moomadness, The Snow Goose y Mirage conforman una fantástica trilogía que representa la obra más excelsa de Camel.

Acto seguido, la formación fundadora de Camel se modificó ya que la abandonó Doug Ferguson y se incorporaron Richard Sinclair (ex Caravan) al bajo, Mel Collins al saxo y, de forma circunstancial, Brian Eno a los teclados. Con esta nueva banda se elaboró Rain Dances (1977). En este caso, continuaron en su línea de rock progresivo pero con una mayor dosis de jazz-rock. Posiblemente, influyeron en ello sus nuevos integrantes. Sus cortes más reseñables pudieran ser: Highways of the Sun y One of These Days I'll Get an Early Night. En resumen, aportaron otro gran disco aunque puede estar un peldaño por debajo de los tres precedentes en cuanto a su grado de excelencia.

Con la única ausencia de Brian Eno respecto a los anteriores integrantes, publicaron Breathless (1978). En este trabajo renunciaron a su personal sonoridad en aras de un acercamiento descarado hacia el pop. De este modo, sus canciones eran más cortas, más insulsas y carentes de esos pasajes instrumentales, marca de la casa, que tanta gloria les dieron. Curiosamente, este álbum suele tener buenas críticas pero siento disentir ya que me parece excesivamente meloso y acomodado. Después de este trabajo, Peter Bardens, uno de los pilares esenciales del grupo, lo dejó supuestamente por discrepancias con el nuevo sonido adoptado.

A raíz de esta entrega, existió un antes y un después en la carrera de Camel y, en lo sucesivo, persistieron en ese alejamiento del estilo característico de sus primeros discos, con la excepción de Nude. Esto no quiere decir que el resto de su obra sea desdeñable pero es diferente. A unos, les gustará su primera época y, a otros, la posterior o las dos. Personalmente, me quedo con la primera.

En 1979, apareció I Can See Your House from Here. Inicialmente, llamaba la atención su curiosa portada con un astronauta crucificado y a la deriva en el espacio. Respecto a su contenido, siguieron con la misma inercia trazada en Breathless. De nuevo, estamos ante un trabajo de menor entidad y con tendencia hacia lo comercial, aunque conviene destacar la brillantez del tema Ice. También, obtuvo buenas críticas pero no lo colocaría entre los más destacados de su discografía.

Debutaron en la década de los ochenta con Nude (1981), otro álbum conceptual basado en la historia de un soldado japonés perdido en una isla durante la segunda guerra mundial. Fue una grata sorpresa porque volvieron a un sonido más elaborado y convencional. Como dato curioso, en algunos pasajes la guitarra de Latimer remedaba a la Gilmour en Pink Floyd. Sin duda, elevaron el nivel de calidad gracias a interesantes temas como City Life, Drafted, Docks, Landscapes, Captured o Lies. Todo ello, generó un considerable reconocimiento general. Por tanto, estamos ante otro álbum recomendable.

Sin la mayoría de la formación inicial y con músicos invitados para la ocasión, Latimer publicó The Single Factor (1982). Fue un trabajo flojo, con la salvedad de algún buen tema como Selva y Sasquatch. Otra vez, cayeron en la música fácil y, en consecuencia, no funcionó bien. Mejoraron con Stationary Traveller (1984), también con incursiones en el pop y en el que sobresalían canciones como Stationary Traveller y West Berlin. Podría definirse como un álbum correcto y de agradable escucha pero sin llegar a las cuotas de sus obras destacadas.

Después de un largo retiro, Latimer retomó Camel como único miembro fundador y grabó una serie de buenos y meritorios discos: Dust and Dreams (1991) (brillante trabajo de tono intimista), Harbour of Tears (1996) (en la línea del anterior y, posiblemente, el mejor álbum de su última etapa), Rajaz (1999) (interesante disco con un sonido muy reposado) y A Nod and a Wink (2002) (otra notable entrega con una mayor vitalidad que las precedentes). Tuvieron buenas críticas pero, en gran medida, pasaron bastante desapercibidos. Por una parte, por no tener la magia de sus obras maestras y, por otra parte, por ser atemporales ya que en la época en la que aparecieron, probablemente, había desaparecido el gusto mayoritario por esta música. Por último, procede recordar que, actualmente, Latimer aún sigue haciendo giras ocasionales y nostálgicas.

De otro modo, existen diferentes recopilaciones de este grupo. Si bien, no creo que sea lo más oportuno recurrir a ellas ya que la mayoría de sus discos son conceptuales y sería una pena despedazar y escuchar fuera de contexto partes de obras de la categoría de Mirage, The Snow Goose o Moonmadness. También, grabaron varios directos de los cuales los más representativos pudieran ser: A Live Record (1978) de su primera etapa y Never Let Go (1993) de su segundo periodo. No obstante, ante este tipo de música tan preciosista quizás sean más recomendables los discos de estudio.

En conclusión, estamos ante una banda que frecuentemente se ha minusvalorado y considerado de segunda categoría dentro del rock sinfónico y progresivo. De hecho, vuelvo a recalcarlo, ni siquiera aparece en algunas guías musicales de reputación. Entiendo que sería justo sacar a Camel del ostracismo en el que, en ciertos ámbitos, le han colocado para concederle el reconocimiento oportuno, máxime teniendo en cuenta que legaron discos de peso a la historia del rock como Mirage, The Snow Goose o Moonmadnes.

bruscas; 18-11-16


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